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Carnavales en America

Es el caso de Gualeguaychú, en Argentina, que festeja su carnaval en el ''Corsódromo'', una avenida de 500 metros con gradas para unos 32000 espectadores, y donde las entradas cuestan unos $5.

En 2004 el ''corsódromo'' vendió 160000 entradas, una cifra nada despreciable en una pequeña ciudad de provincia y encima fronteriza. Y para 2005 los organizadores mantienen la esperanza de llegar a 200,000 boletos, es decir un millón de dólares.

Uruguay, por su parte, también apuesta al carnaval con sus dos celebraciones tradicionales: una que dura unas horas, la otra que dura más de 40 días.

La Noche de las Llamadas convoca a comparsas de negros y lubolos (blancos caracterizados como negros) que desfilan al compás de los tamboriles y los ritmos del candombe afrouruguayo.

Pero también está el concurso organizado en el Teatro de Verano de Montevideo donde unas 60 agrupaciones compiten en distintas categorías -murgas, parodistas y lubolos, entre otros- con espectáculos humorísticos y musicales, de tipo teatral, que luego llevan también a los tablados barriales.

En cuanto al turismo, el carnaval uruguayo atrae esencialmente a argentinos, en especial las Llamadas, dijo Susana Prats, de la División Festejos de la Intendencia Municipal de Montevideo.

Prats dijo que en esa época aumenta el consumo, porque a las Llamadas acuden no menos de 40000 personas. Los promotores privados venden a unos $20 los palcos para ese desfile, añadió.

En Colombia, Barranquilla se lleva todos los premios: su carnaval fue declarado patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Sumado a eso, su ubicación caribeña seduce a miles de turistas nacionales y extranjeros que llegan a disfrutar de los cuatro días que duran las celebraciones.

Algo similar ocurre en Bolivia donde Oruro, y sus diabladas, también son parte del patrimonio oral e intangible de la humanidad, según Unesco, y a donde asisten año a año miles de turistas europeos y estadounidenses atraídos por la veta exótica.

Muchas de las celebraciones rinden culto al dios Momo, verde para unos, rojo para otros, pero siempre regordete, grotesco y burlón. Momo, según señalan muchos investigadores, era un dios romano, hijo del sueño y de la noche, que con críticas sarcásticas y bromas inteligentes ayudaba y corregía los desaciertos tanto de humanos como de divinidades.

Momo es el celebrado en Uruguay y en Panamá, pero también del otro lado del océano, en la costa del mediterráneo francés: el internacionalizado carnaval de Niza recibe cada año a más de un millón de visitantes.

Los panameños no sólo rinden culto a Momo: en todo el país, los cuatro días de celebraciones culminan con el ''entierro de la sardina''. Desde la noche del viernes a la madrugada del miércoles, día y noche miles de personas colman la Vía España en Ciudad de Panamá para bailar entre las comparsas y los carros alegóricos.

Pero el festejo más original en Panamá es el de Las Tablas, unos 280 kilómetros al suroeste de la capital, donde los pobladores se dividen en dos grupos organizados ''calle arriba'' y ''calle abajo'' para concursar con música, trajes, carros alegóricos y una reina que los representa, a la que cada grupo defiende con cantos de censura y crítica hacia el conjunto adversario.

También en Barranquilla celebran al dios burlesco: a su Desfile del Rey Momo, se suman la Gran Parada, el Desfile de Fantasía y el Festival de Orquestas. Aún más, este carnaval caribeño añade eventos tan singulares como la Batalla de las Flores y el Entierro de Joselito.

Este funeral simbólico cierra cada año las festividades barranquilleras y homenajea a ''Joselito'', un cochero de la ciudad que -según cuenta la leyenda- tras la euforia del carnaval, embebido en alcohol, se quedó dormido en su carreta para luego nunca despertar.

Otro carnaval arraigado en las comunidades indígenas de los Andes tiene lugar en el norte argentino, en Jujuy. Allí, el rito se centra en el entierro de Pujllay o ''Diablo del Carnaval'', un personaje cuya leyenda dice que vivió en la Quebrada de Humahuaca.